Intentando entonces protegerse de la falta de amor, corona sus cabellos con flores silvestres y sueña que es reina y princesa de su palacio de agua y lodo... y espera eternamente volver a abrazar a un padre muerto en antiguas guerras, deseando hendir sus colmillos en ósculos sangrantes, para sumergirse los dos juntos en el reino de las aguas invernales.

Más allá de un pantano inundado en nieblas, la princesa difunta seguirá apareciéndose, cual ninfa espectral al caer la tarde, cuando llueva en la intemperie de los árboles desnudos o cuando el otoño tiña de ocre las profundidades de un río arcano.
En algún lugar del palacio acuoso continuará Lavernne sollozando por su orfandad en tinieblas, purgando a la vez sus penas en aquel paraje de cieno y cristal donde una vez deambuló en su locura.

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